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una encuesta hecha hace unos años en Gran Bretaña, detectaron que un alto
porcentaje de los divorcios son causados por el abuso del alcohol.
El alcohol tiene
una propaganda gratuita en los medios de comunicación; no las marcas
fabricantes, sino el alcohol en sí.
Pensemos en una
película o un anuncio de cine o televisión. Si hay un motivo de fiesta o
celebración, las bebidas alcohólicas no pueden faltar. Si dos enamorados
acuden a una cita, amortiguan los preámbulos y los nervios entre copas. Si
hay una discusión fuerte en el matrimonio o con algún miembro de familia,
casi instintivamente las manos del más enfurecido van a parar a la botella.
Si alguien sufre un fracaso amoroso, en muchos casos y especialmente en el
hombre, trata de ahogar los recuerdos en el viejo recurso de las copas.
En cierta forma,
el mundo civilizado se forma mirando al alcohol más como un escape, un
remedio, que lo que es en realidad: una droga que destruye al ser humano
física, psíquica y espiritualmente. Por suerte, los cristianos llevamos una
gran ventaja (me refiero a los nacidos de nuevo) porque el uso del alcohol
está o debe estar desterrado de nuestros hábitos o costumbres.
El alcohol
entorpece al sujeto que cae bajo su dominio; se convierte en un muñeco, en
un ser desnaturalizado, en un enfermo que se hace daño a sí mismo y a los
demás. El borracho puede tener amiguetes, pero no amigos; puede tener
amante, pero no una esposa con dignidad. Aparte del mal ejemplo que un
alcohólico da a los hijos, haciéndoles perder la estima del patrón paternal,
no pocas veces se tornan violentos, y esa violencia la descargan con la
esposa o con otros seres queridos.
El borracho
puede tener amiguetes, pero no amigos; puede tener amante, pero no una
esposa con dignidad.
Se suele dar el
caso citado por un psicólogo de "la pareja que cuando tienen discusión o
altercados, deciden arreglarlo con unas copas, generalmente fuera de casa; y
esto, como no remedia nada a fondo sino que semisepulta el mal, por unas
horas, pues vuelven a caer cada vez más a menudo en las peleas, seguidas de
los tragos de la reconciliación, hasta que ambos han caído en la trampa del
vicio, cada vez más lejos del amor conyugal y cada vez más distantes de
vivir en paz como matrimonio. El fin no es sólo la separación, sino el
desastre total".
Como un trago es
tan barato y tan popular se puede comenzar de la manera más inocente,
acompañando una partida de cartas o amenizando una conversación de trabajo.
Caer en la trampa del alcohol es una desgracia personal, pero peor aún: es
una tragedia familiar con incalculables repercusiones.
Si ya es
lamentable que el 40 por ciento de los accidentes de tráfico son originados
por el consumo de alcohol de los conductores, más lamentable es, moral y
espiritualmente, el alto porcentaje de accidentes matrimoniales causados por
esta droga, que desembocan en el divorcio, el fracaso, la frustración y la
muerte de la familia.
Habrá creyentes
que al leer estas líneas sonreirán por considerar que el hábito del alcohol
es algo muy lejano para ellos; si es así, demos gracias a Dios, pero no
bajemos la guardia frente a este sutil enemigo del matrimonio y de la
sociedad en general.
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