Si
seguimos el hilo de la relación de Dios con los seres humanos, veremos
que comenzó con una pareja, más tarde con la familia, después con un
pueblo, etc.
La
primera vez que la palabra bendición aparece como sustantivo en la
Biblia, aparece también la palabra familia y ligada a ella. Génesis
12:1-3: “En ti (Abram) serán benditas todas las familias de la
tierra”. Esta promesa dada al padre de la fe, alcanza hasta el día de
hoy a los hogares de creyentes en Cristo.
Si seguimos el hilo de la relación de Dios con los seres humanos,
veremos que comenzó con una pareja, más tarde con la familia, después
con un pueblo, etc.
¡Qué más pudiéramos querer que la iglesia fuera una familia; unida,
educada conforme a la cultura del reino, que se reproduce y es
portadora de la revelación divina para el hombre!
En
la familia, como en la iglesia, están presentes todos los elementos
indispensables para el establecimiento del reino.
—Líder (siervo): padre, madre.
—Una pareja: Condición indispensable para la reproducción y el apoyo.
—Hijos: Pertenencia mutua, responsabilidad, gloria, bendición y
proyección futura.
En
toda la enseñanza bíblica, tanto en las profecías como en las palabras
del propio Cristo, la familia está presente como punto de referencia a
los valores permanentes, como patrón válido e inalterable de la raza
humana.
Dios mismo muchas veces se menciona como esposo, como Padre y hasta se
compara con una madre.
Cuando dos almas se unen sinceramente en Dios, nada ni nadie tiene
potestad de hoyar este terreno.
Cuando se trata de un matrimonio cristiano, éste debe ir más lejos que
otro matrimonio del mundo. El cristiano no sólo busca la estabilidad
de la pareja, la buena educación de los hijos, etc., sino también el
establecimiento y la consecución del reino de Dios en el hogar.
Lo
que Dios juntó, que no lo separe el hombre. Cuando dos almas se unen
sinceramente en Dios, nada ni nadie tiene potestad de hoyar este
terreno. Pero cuando, voluntariamente, la pareja cae en el desacato de
la voluntad de Dios, puede ser tan vulnerable como un individuo sin
defensas inmunológicas. Hay un orden de cobertura espiritual que
aparece en la Escritura y que siento debo reflejar aquí:
“Pero quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, y el
varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo” 1
Corintios 11:3.
“Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor,
porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de
la iglesia, la cual es su cuerpo y El es su Salvador” Efesios 5:22-23.
“Casadas: estad sujetas a vuestros maridos, como conviene en el Señor.
Maridos, amad a vuestras mujeres y no seáis ásperos con ellas”
Colosenses 3:18-19.
“Asimismo vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos...
Vosotros, maridos, igualmente vivid con ellas sabiamente, dando honor
a la mujer como vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de
la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo” 1 Pedro 3:1
y7.
La relación con Dios del marido depende en buena parte de su buena
relación con parte de sí mismo, que es su mujer.
La
intervención y el orden de Dios son relevantes en estos versículos.
Ahora bien, esto que se puede ver como respeto mutuo, como compromiso
de amor, como cobertura humana y divina; como identificación total,
etc., algunos lo han dañado, sacándolo de cauce, con la llamada
“sumisión a la autoridad” del marido.
Diremos primero que la palabra griega Exousia, que quiere decir
autoridad o potestad, aparece 102 veces en el Nuevo Testamento, y en
la traducción castellana Reina Valera se traduce como autoridad 7
veces y ninguna relacionada con el matrimonio.
Ya
que hay una implicación espiritual en la sujeción de la esposa al
esposo, éste debe ser, y es, la cabeza y, como tal, lleva una
responsabilidad que va más allá de la provisión material para la
familia. Watchman Nee, en su libro Autoridad Espiritual, basado
potencialmente en el Antiguo Testamento, dice muy poco del matrimonio,
en la página 66, párrafo segundo.
Ya que hay una implicación espiritual en la sujeción de la esposa al
esposo, éste debe ser, y es, la cabeza y, como tal, lleva una
responsabilidad que va más allá de la provisión material para la
familia.
Si
como recomienda Pablo, el hombre ama a la mujer como Cristo amó a la
Iglesia, el hombre es una cabeza sacrificial y amorosa a la que no es
nada difícil someterse. Pedro dice a las mujeres cristianas que estén
sujetas a sus maridos, pero al marido le recomienda: “Vivid con ellas
sabiamente (nada es menos sabio que el despotismo o la tiranía), dando
honra a la mujer (no dando látigo), como vaso más frágil”. Esto está
reflejado en la misma naturaleza física de la mujer, además de que es
un ser más sensible emocionalmente, etc.
Como coherederas de la gracia. Si Dios le ha hecho heredera igualmente
y bajo las mismas condiciones, ¿quién es el hombre para imponer su
criterio contra el de Dios?
Para que vuestras oraciones no tengan estorbo. La relación con Dios
del marido depende en buena parte de su buena relación con parte de sí
mismo, que es su mujer.
Si Dios le ha hecho (a la mujer) heredera igualmente y bajo las mismas
condiciones, ¿quién es el hombre para imponer su criterio contra el
de Dios?
Ya
sabemos que hay implicaciones de caracteres; circunstancias muy
variopintas creadas por la sociedad moderna cambiante, y secularizada;
que van a venir conflictos sobre prioridades, gustos, relación, etc.,
pero sin caer en el simplismo ni el fanatismo, podemos asegurar que si
hay una constante y creciente búsqueda de la voluntad de Dios para el
matrimonio y la familia, se logrará la victoria espiritual, ante la
cual tiene que huir el fantasma de la división, los malos entendidos,
y la muerte que acecha constantemente a la pareja.
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