Mi hijo
adolescente intentaba mejorar un trabajo escolar de Creatividad Artística
una mañana de invierno, al verlo manipular una navaja que, aunque de un
solo filo, me pareció sumamente peligrosa le
dije:
Deja que tu
papá te ayude y te explique como usarla -sumergiéndome
enseguida a las tareas domésticas-. Al poco rato
me pareció oír como mi Esposo trataba en vano de explicarle la técnica para
manejar una navaja y obtener el trabajo artístico sobre una superficie de
goma de borrar.
_¡Ya sé como
papá!, repetía sin cesar mi hijo, ¡Ya sé como!
Fastidiado por
la actitud de nuestro hijo, mi esposo desistió dejándolo experimentar y tal
vez confiando que, efectivamente sabía como manejar sin lastimarse aquella
navaja.
De pronto hasta
donde me encontraba en mis quehaceres se presentó mi hijo con el rostro
quebrado y lágrimas en los ojos sosteniendo su dedo pulgar izquierdo que
sangraba profusamente.
_¡Me corté,
mamá, me corté! Gritaba con el mismo énfasis con que,
minutos antes, había discutido con su padre
afirmando que podía hacerse cargo del trabajo sin ayuda o explicación
alguna.
Enseguida curé
y desinfecté la herida, protegiendo el dedo con una gasa rodeada de cinta
adhesiva.
¿Por qué, mamá,
por qué me pasó esto? – me decía mi hijo sin dejar de llorar y con el miedo
reflejado en su rostro como un niño asustado que busca la protección de su
mamá.
Le expliqué
entonces que si hubiera hecho caso a las indicaciones de su padre habría
evitado lastimarse de esa manera, y que debería de ser humilde para permitir
que otros pudieran enseñarle.
Aunque prometió
hacerlo no pude evitar pensar que lo decía por el temor que aún sentía
frente a el pequeño accidente que le ocurrió.
Desgraciadamente muchos de nosotros tomamos actitud de adolescentes como la
de mi joven hijo: creemos que todo lo sabemos en especial si conocemos a
Dios y su palabra, pensamos con frecuencia que ya no hay nada por aprender y
cuando nuestro Padre Celestial nos envía ayuda porque cree que podemos
necesitarla, con frecuencia respondemos:
¡Ya sé como, Ya
sé como! Y rechazamos la instrucción que nos envía ya sea por medio de otros
o través de testimonios o del mismo Evangelio.
Así que debemos
tener cuidado de decir ¡ya me lo sé, ya me lo sé! porque nos estaríamos
perdiendo de las diferentes enseñanzas que cada día,
con las mismas palabras, Dios nos manda.
Seamos menos
soberbios para evitar pequeños y grandes accidentes en nuestra vida.
Recordemos que aunque Dios siempre nos perdona y cura de nuestras heridas,
quiere por sobre todas las cosas evitar que nos lastimemos.
POR: CLAMA