Roy estaba enojado. Caro, su hermanita, estaba jugando en la sala con su
perrito nuevo, y él estaba de mal humor en su habitación.
¡El no entendía por qué, si Caro podía tener un perrito, él no podía tener
un gatito! El papá cuando vio la cara triste de su hijo dijo:
"Roy, no tienes razón para comportarte así. Tú tuviste la misma
oportunidad de tener un gatito como lo tuvo Caro de tener un perrito.
Si hubieras cuidado tu pez dorado, te hubiéramos permitido conseguir un
gatito. En vez de cuidad tu pez dorado, dejaste de limpiar su pecera y de
alimentarlo. Caro tuvo que encargarse de su cuidado".
--"¡Pero a mí no me gusta el pez dorado!", lloró Roy.
"No te tiene que gustar el pez", dijo el papá.
"Pero sí tenías que cuidarlo bien si querías un gatito.
Si no te podemos confiar el cuidado de algo pequeño, ¿como podremos
esperar que cuides de algo más grande y más complicado como un gatito?"
El papá se detuvo, luego añadió:
-- "¿Sabes?", a menudo así también es como Dios obra".
"¿Que quieres decir?, preguntó Roy.
¿Quieres decir que no debo pedirle un gatito?".
"No, pero estoy diciendo que por norma general, Dios primero le confía a
sus hijos tareas pequeñas", respondió el papá.
"Yo conozco de personas que soñaban hacer cosas grandes para Dios, pero
les hacía falta la disciplina para terminar las cosas pequeñas, como leer
la Biblia y orar, ayudar a un vecino, o hacer un trabajo ahí donde
estaban.
Tenemos que hacerlo bien en las cosas pequeñas ante de que Dios nos confíe
cosas grandes, como ir y salvar al mundo".
Roy pensó en las palabras de su papá. Y después de unos momentos dijo:
"¿Papá?"
----"¿Sí, hijo?" "¿Puedo tener de regreso mi pez dorado?", preguntó.
"¡Hummm!", dijo el papá con una sonrisa.
"Supongo que lo podemos traer de nuevo".