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PinY071201
El Vendedor de Globos
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Fuente:-
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Una vez había una gran fiesta en un pueblo. Toda la gente había dejado sus
trabajos y ocupaciones de cada día para reunirse en la plaza principal, en
donde estaban los juegos y los puestitos de venta de cuanta cosa linda una
pudiera imaginarse.
Los niños eran quienes gozaban con aquellos festejos populares. Había
venido de lejos todo un circo, con payasos y equilibristas, con animales
amaestrados y domadores que les hacían hacer pruebas y cabriolas.
También se habían acercado hasta el pueblo toda clase de vendedores, que
ofrecían golosinas, alimentos y juguetes para que los chicos gastaran allí
los pesos que sus padres o padrinos les habían regalado con objeto de sus
cumpleaños, o pagándoles trabajitos extras. Entre todas estas personas
había un vendedor de globos. Los tenía de todos los colores y formas.
Había algunos que se distinguían por su tamaño. Otros eran bonitos porque
imitaban a algún animal conocido, o extraño.
Grandes, chicos, vistosos o raros, todos los globos eran originales y
ninguno se parecía al otro. Sin embargo, eran pocas las personas que se
acercaban a mirarlos, y menos aún los que pedían para comprar algunos.
Pero se trataba de un gran vendedor. Por eso, en un momento en que toda la
gente estaba ocupada en curiosear y detenerse, hizo algo extraño. Tomó uno
de sus mejores globos y lo soltó.
Como estaba lleno de aire muy liviano, el globo comenzó a elevarse
rápidamente y pronto estuvo por encima de todo lo que había en la plaza.
El cielo estaba clarito, y el sol radiante de la mañana iluminaba aquel
globo que trepaba y trepaba, rumbo hacia el cielo, empujado lentamente
hacia el oeste por el viento quieto de aquella hora. El primer niño gritó:
- ¡Mira mamá un
globo!
Inmediatamente fueron varios más que lo vieron y lo señalaron a sus chicos
o a sus más cercanos. Para entonces, el vendedor ya había soltado un nuevo
globo de otro color y tamaño mucho más grande. Esto hizo que prácticamente
todo el mundo dejara de mirar lo que estaba haciendo, y se pusiera a
contemplar aquel sencillo y magnífico espectáculo de ver como un globo
perseguía al otro en su subida al cielo.
Para completar la cosa, el vendedor soltó dos globos con los mejores
colores que tenía, pero atados juntos. Con esto consiguió que un a
tropilla de niños pequeños lo rodeara, y pidiera a gritos que su papá o su
mamá le comprara un globo como aquellos que estaban subiendo y subiendo.
Al gastar gratuitamente algunos de sus mejores globos, consiguió que la
gente le valorara todos los que aún le quedaban, y que eran muchos.
Porque realmente tenía globos de todas formas, tamaños y colores. En poco
tiempo ya eran muchísimos los niños que se paseaban con ellos, y hasta
había alguno que imitando lo que viera, había dejado que el suyo trepara
en libertad por el aire.
Había allí cerca un niño negro, que con dos lagrimones en los ojos, miraba
con tristeza todo aquello. Parecía como si una honda angustia se hubiera
apoderado de él. El vendedor, que era un buen hombre, se dio cuenta de
ello y llamándole le ofreció un globo.
El pequeño movió la cabeza negativamente, y se rehusó a tomarlo.
- Te lo regalo,
pequeño, le dijo el hombre con cariño, insistiéndole para que lo tomara.
Pero el niño negro, de pelo corto y ensortijado, con dos grandes ojos
tristes, hizo nuevamente un ademán negativo rehusando aceptar lo que se le
estaba ofreciendo.
Extrañado el buen hombre le preguntó al pequeño qu é
era entonces lo que lo entristecía. Y el negrito le contestó, en forma de
pregunta:
- Señor, si usted suelta ese globo negro que tiene ahí ¿Será que sube tan
alto como los otros globos de colores?
Entonces el vendedor entendió. Tomó un hermoso globo negro, que nadie
había comprado, y desatándolo se lo entregó al pequeño, mientras le decía:
- Has tú mismo la prueba. Suéltalo y verás como también tu globo sube
igual que todos los demás.
Con ansiedad y esperanza, el negrito soltó lo que había recibido, y su
alegría fue inmensa al ver que también el suyo trepaba velozmente lo mismo
que habían hecho los demás globos. Se puso a bailar, a palmotear, a reírse
de puro contento y felicidad.
Entonces el vendedor, mirándolo a los ojos y acariciando su cabecita
enrulada, le dijo con cariño:
- Mira pequeño, lo que hace subir a los globos no es la forma ni el color,
sino lo que tiene n
adentro.
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